martes, 10 de enero de 2023

las maquinas

Hubo un tiempo que trabaje en una empresa que hacían calcetines porque "a veces los artistas tenemos que trabajar de lo que sea con tal de vivir creando arte".
En ese entonces yo era muy joven y ganaba lo suficiente como para pagar mi camión de ida y vuelta, mi comida del día y 50 pesos mas que era lo único por lo que trabajaba ya que la pobreza alcanza para todo excepto para ser feliz.

Llegaba a zapopan y daba vuelta en la basílica, ahí me iba caminando "hacia abajo" y diario me encontraba el puesto de frutas de un excompañero de la infancia que era comerciante y a su corta edad ya tenía mujer e hijos, ya que ganaba tanto dinero que vivía la vida que yo anhelaba, sin tantas preocupaciones y haciendo lo que más agrada.

Llegaba a mi trabajo que consistía en aceitar maquinas, las maquinas que creaban los calcetines y las medias deportivas que todo mundo usa.

Era un olor a aceite quemado,la sensación de metal caliente y de tanto ruido y movimiento que tenia que usar unos tapones en los oídos para no quedar loco.

Llegaba a mi casa después de trabajar y seguía soñando que trabajaba.

Mi compañero era un señor que ese año se iba a jubilar, tenía casi 70 años y me regañaba por todo porque consideraba que las generaciones como la mía eran flojos e ignorantes de lo difícil que era estar vivo.
Yo consideraba al señor como un sobreviviente y como todo sobreviviente del sistema o era muy inteligente o muy estúpido y yo no quería verlo como un ignorante porque sabía bastante de su trabajo pero yo no me veía aceitando maquinas toda mi vida y teniendo sexo y mis hijos naciendo y creciendo entre alfileres y olor a aceite metálico.
Yo veía las maquinas dando vuelta y observar eso por horas me daba idea de que la humanidad había esclavizado a sus propios miembros: yo no iba a durar mucho en ese lugar porque nunca he sido bueno para obedecer.

Tiempo después la dueña, una mujer muy joven y guapísima, con pelo crespo y largo, piernas torneadas y unos labios muy rojos me despedía porque llegaba siempre tarde, no sin antes burlarse de mi porque pensaba que yo era católico, y me hacía bromas sobre que le había facilitado la información que a diario pasaba por la basílica.
Para ella la gente era estúpida por tener fe y por aspirar a más sin prepararse.

Yo en realidad no me sentía ofendido por ella, más bien me sentía alagado y feliz por haber tocado sus manitas bellas cuando me daba el dinero de mi último pago que si buen hubiese tenido más dinero, capaz hubiera sido hasta de invitarla a salir.

Las máquinas 
Victor Alcázar

No hay comentarios:

Publicar un comentario