En ese entonces yo era muy joven y ganaba lo suficiente como para pagar mi camión de ida y vuelta, mi comida del día y 50 pesos mas que era lo único por lo que trabajaba ya que la pobreza alcanza para todo excepto para ser feliz.
Llegaba a zapopan y daba vuelta en la basílica, ahí me iba caminando "hacia abajo" y diario me encontraba el puesto de frutas de un excompañero de la infancia que era comerciante y a su corta edad ya tenía mujer e hijos, ya que ganaba tanto dinero que vivía la vida que yo anhelaba, sin tantas preocupaciones y haciendo lo que más agrada.
Llegaba a mi trabajo que consistía en aceitar maquinas, las maquinas que creaban los calcetines y las medias deportivas que todo mundo usa.
Era un olor a aceite quemado,la sensación de metal caliente y de tanto ruido y movimiento que tenia que usar unos tapones en los oídos para no quedar loco.
Llegaba a mi casa después de trabajar y seguía soñando que trabajaba.
Mi compañero era un señor que ese año se iba a jubilar, tenía casi 70 años y me regañaba por todo porque consideraba que las generaciones como la mía eran flojos e ignorantes de lo difícil que era estar vivo.
Yo consideraba al señor como un sobreviviente y como todo sobreviviente del sistema o era muy inteligente o muy estúpido y yo no quería verlo como un ignorante porque sabía bastante de su trabajo pero yo no me veía aceitando maquinas toda mi vida y teniendo sexo y mis hijos naciendo y creciendo entre alfileres y olor a aceite metálico.
Yo veía las maquinas dando vuelta y observar eso por horas me daba idea de que la humanidad había esclavizado a sus propios miembros: yo no iba a durar mucho en ese lugar porque nunca he sido bueno para obedecer.
Tiempo después la dueña, una mujer muy joven y guapísima, con pelo crespo y largo, piernas torneadas y unos labios muy rojos me despedía porque llegaba siempre tarde, no sin antes burlarse de mi porque pensaba que yo era católico, y me hacía bromas sobre que le había facilitado la información que a diario pasaba por la basílica.
Para ella la gente era estúpida por tener fe y por aspirar a más sin prepararse.
Yo en realidad no me sentía ofendido por ella, más bien me sentía alagado y feliz por haber tocado sus manitas bellas cuando me daba el dinero de mi último pago que si buen hubiese tenido más dinero, capaz hubiera sido hasta de invitarla a salir.
Las máquinas
Victor Alcázar
No hay comentarios:
Publicar un comentario