La primera vez que supe algo de Francisco Gonzales fue en aquellos años donde el artista Alemán Rainer organizaba ferias de arte de proporciones de Feria europea, algo inusual para el pueblo de Ajijic, no porque piense yo que no lo merece, sino por lo bien organizado y por el tamaño del presupuesto de aquello.
Ese día yo también era expositor y después de dejar listo mi stand, había una obra gigante en un bastidor que estaba enfrente de mi: había tantas formas, figuras , texturas y colores, tantas ideas y sensaciones que producía estar frente a esa obra que lo primero que pensé fue que alguien que se había caído y resucitado seria el único que podría producir algo así.
En el transcurso de la exhibición de arte vi a un hombre que estaba sentado en un bote vacio de pintura de 19 litros , se sentaba como se sientan los futbolistas después de jugar un partido que solo ven sus familias o que juegan con el corazón aunque sus pies no sirvan para nada, ahí estaba el autor y no lo encare, espere el momento adecuado para poder saber si era el autor o no, realmente no estaba seguro.
Más tarde llego Lloyd Vickery , un extranjero radicado en Ajijic, comenzó a platicar con el autor de la obra en español, esa era la razon por la que yo entendía toda la platica, en ese entonces yo no sabia nada de inglés pero sabia de arte lo suficiente como para saber que la obra pertenecía a un genio del arte.
El señor Lloyd rodeaba la pintura como se rodea a un perro rabioso a punto de morder a su víctima y se alejaba, después volvía a repetir la misma acción mientras que preguntaba el precio de la obra.
No recuerdo bien si era su precio 300 mil pesos o medio millón de pesos mexicanos pero Francisco se veía muy tranquilo cuando daba esa cifra a Lloyd y el señor Lloyd se tocaba la barba constantemente esperando que ese perro rabioso no lo mordierá.
Fueron varias las veces que vi en ese día la escena , al final no logro venderse esa pieza y con esa energía que emanaba el artista me le acerque para preguntar lo que me interesaba.
Ahí fue cuando conocí a un hombre amable, que domaba dragones y el nunca me habló de ellos, yo los podía ver a través de sus obras, las cuales tenían la intención de tomarme por el cuello y arrastrarme al piso para que yo hablara y exigiera que se le pusiera a Francisco Gonzales en el lugar que se merece en las siguientes décadas del arte local mexicano.
Después de ese primer encuentro nos volvimos buenos amigos, lo suficiente como para admirarle a él como persona y artista y poder mencionarle como pilar fundamental de un grupo de artistas al que reconocí en la rivera de Chapala como maestros verdaderos del escapismo mexicano donde el cielo y el infierno conviven en una cárcel llamada México.
Encuentro con Francisco Gonzales
Imagen y título: "la tele caminante"
Escrito por Víctor Alcázar